Carmen Molero

Hace ya unas semanas que volví de Santa Cruz, donde viví una experiencia de un mes de voluntariado en Casa Maín. Fue un mes intenso, en el cual disfruté de muchas sensaciones que quedarán por siempre jamás en mi recuerdo.
Todavía puedo revivir el hormigueo que me invadía durante el viaje en autobus, Ave y avión que me llevó a Bolivia. Física y mentalmente estaba preparada para vivir la experiencia, tanto en nivel de formación como nivel emocional.
Dejé intencionadamente de lado todo el que me pudiera suponer un impedimento para disfrutar y aprovechar al máximo mi tiempo. Nada de crítica fácil o de juicios de valor, sólo actitud positiva, predisposición y adaptabilidad a la realidad del que me encontrara allá.
Justo es decir que mis expectativas se cumplieron. Encajé perfectamente en la rutina diaria de la comunidad, una rutina definida y establecida en función de las necesidades de las niñas.
Cosí, lavé, fregué ... más que nunca a mi vida, pero lo hice con mucha satisfacción, siempre pensm7cws que mi colaboración fuera lo más provechosa posible, así que me di a fondo desde el primer día en todas las tareas que se me encomendaban.
Los días pasaron rápido, el día del retorno llegó; con un poco de nostalgia por tener que marchar, pero también con ganas de volver para ver a los míos. Sin llantos, sin lágrimas, invadida por la satisfacción interna del trabajo bien hecho. Me hubiera gustado poder estar más tiempo, pero el que estuve lo aproveché al máximo.
Del retorno, lo que más me sorprendió fue el hecho de que el choque cultural del que habíamos hablado tanto en las formaciones, lo experimenté más al retorno que a mi llegada allí.
Y para acabar, el balance final: para mí es del todo positivo. No caeré en el tópico de decir que la experiencia ha cambiado mi lista de prioridades en la vida, porque siempre lo he tenido muy clara y definida, pero si que la vivencia de mi voluntariado me ha aportado mucho personalmente.

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